Mis pensamientos giran buscando un centro, una acción, de la cual aferrarme, divagar y alcanzar el sueño. Abdominales bajo la llovizna, conciertos llenos de lágrimas e interminables carreras en bicicleta son mis preferidos. Si realmente conociera una cura para mi huachafo insomnio (sé de casos peores) sin dañarme el cuerpo, estas líneas no tendrían sentido. Y sé muy bien que el contar ovejas u otro animal no sirve, salvo para darme un hambre digna de un pésimo cortometraje. Y ese es el lado bonito y ligero de mi insomnio.
El pocas veces evitable lado deprimente y perturbador es aquel que lentamente va perforando mi cerebro hasta quedarse incrustado cual antena receptora de frustraciones pasadas. Empieza con suavidad: el tackle que no tuve el coraje de hacer, el medio pasaje que no hice respetar, la mirada que evité. Pero, poco a poco voy mirando mi interior. Dos polos de pésimos recuerdos emergen por sobre toda la oscuridad de mi cuarto. Mis soledades y mis fracasos. Nada más desesperante que sentir el eco de las voces que no están o nunca estuvieron. Miro la figura amorfa que es mi escritorio gracias a la fría oscuridad. Veo como la figura se hincha y siento miedo por que no es una ilusión óptica. Es la nada que se expande y totaliza mi visión de lo que me depara. La nada consume a mis amigos. La nada consume a mis padres. La nada consume a mi hermano. No me consume pues le doy asco.
Ella se fue y se llevo todo consigo. Sólo quedo yo y lo que hecho. Decepcioné a mis padres. Le mentí al mundo. Me decepcioné y me mentí. No pude dar ni un solo paso si es que este no me llevaba por un espiral hacia las bajezas de la condición humana. Desesperado rebusco alguna buena acción. No encuentro más que mi interés por parecer mejor persona. El camino es largo e impredecible en sus tramos pero no en la meta. Se que al final estaré de espaldas en el medio de la noche mirando a la pared. Y es aquí donde el insomnio revela su peor rostro.
Siento una mano en el hombro. No quiero voltear. Me niego a voltear. Aprieto los dientes y me resigno a la inacción. Poco a poco mi cabeza va girando y de nada vale que cierre los ojos. Veo mi rostro. Me veo a mí mismo con una sonrisa. Empiezo a odiarlos a todos y la sonrisa crece. Se transforma en carcajada cuando prometo tenerlos a todos de rodillas. Uno por uno se tragarán cada opinión ya sea mala o buena. Vivirán bajo la sombra de mi recuerdo. Me sangrarán los oídos como sólo le sangran a quienes no escuchan las suplicas. Yo terminaré en medio de la noche mirando la pared. Pero habrá una sonrisa en mi rostro.
El insomnio va cediendo y poco a poco se tergiversa la realidad.
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