jueves, julio 31, 2008

Me voy a casar contigo, Pamela

Para esa edad, las seis cuadras que separaban nuestra casa de la casa de los Solórzano, eran de lo más interminable y largas. Y esto es algo recurrente en mis recuerdos de esa edad. El regreso a casa después del colegio, el viaje hacia la hacienda familiar, la ruta de compras de mi madre, el camino hacia el trabajo de mi padre, etc. Cuando ahora recorro aquellos caminos que en mi niñez me eran infinitamente extensos, pero que ahora pasan desapercibidos, trato de explicar el motivo pero al no encontrarlo concluyo que son cosas de niñez. Y esas cosas de niñez me hacían preguntarle a mi padre cada tres minutos si es que ya habíamos llegado a la casa de los Solórzano o el por qué no íbamos en nuestro auto.
Aquella gran casa fue uno de mis lugares preferidos durante aquellos años no sólo por que ahí estaba uno de mis mejores amigos sino por que era una casa de enorme jardín, con sala de juegos y una piscina que era la envidia durante los veranos de esos días noventeros. Junto con Renato, el benjamín de los Solórzano, libraba batallas de mil días entre caballeros dorados que terminaban a la hora del almuerzo. Luego de reposar el estomago con videojuegos, se reanudaban las mortales batallas o empezaba un partido de fútbol donde encarnábamos a las mejores figuras del campeonato. Y si la suerte estaba de mi lado, aparecía uno de los motivos ocultos de mi predilección por el hogar de los Solórzano: Pamela.
Era la hermana mayor de Renato y la segunda hija de Roberto y Jimena. A pesar de que me llevaba más de seis años, yo siempre la vi con agrado y ella me trataba con toda la amabilidad del mundo. Era recurrente en ella preguntarme por el colegio y si es que ya era todo un rompecorazones a lo que yo solo respondía con un balbuceo y un sonrojo. Tenía un hermoso cabello castaño que combinaba en la justa medida con esa voz sexy que, según yo, me hacia sentir extraño. Solía pasar horas entera en su cuarto leyendo interrumpiéndose sólo para bajar a almorzar. Se puede llegar ha pensar que era de esas chicas que se encerraban en su mundo; mas, cada vez que bajaba a almorzar no dejaba de hablar con sus padres y hermano. Hablaba sobre sus libros, los poemas que escribía, sus amigas de colegio, lo listo que le habían dicho que yo era, pero casi nunca hablaba sobre muchachos de su edad. Yo no dejaba de mirarla a menos de que me devolviese la mirada. Pero hasta ese momento nunca me fijé en su cuerpo, el cual, recordándolo ahora, era de una sensualidad que he encontrado en pocas mujeres.
El penúltimo fin de semana de vacaciones yo me encontraba impaciente por llegar a la casa de los Solórzano y creo yo que lo que me dijo mi padre esa vez fue para dejarme cojudo adrede y que dejase de jorobar en el trayecto.
- Eres un caso raro ¿sabías?
- ¿Qué he hecho esta vez?
- Has quebrantado una de las más sólidas leyes de las relaciones entre amigos.
- ¿Ah?
- Roberto y yo somos amigos desde antes de que yo conociera a tu madre. Y eso es mucho tiempo. Normalmente, los hijos de dos grandes amigos no suelen ser muy amigos pero tú te llevas muy bien con Renato. Creo que si tuvieses un par de años más serías un quebranta leyes consumado.
Por primera vez, el trayecto se me hizo corto.
Cuando llegamos, Roberto me tenía una mala noticia: Renato y su mamá aún no regresaban de visitar a la nona. Pero yo podía jugar con su play station y usar el salón de juegos. Con Renato ya habíamos pasado todos los juegos que él tenía pero nunca había estado solo en el salón de juegos por lo que la decisión era obvia. Era una habitación un poco más grande de lo normal la cual tenía como figura estrella una mesa de billar que yo no lograba alcanzar del todo. También estaba la mesa de cartas donde recuerdo que fumé por primera vez. En una esquina se encontraba el juego de sapo al cual siempre le tuve miedo ya que el sapo tenía una enorme boca dentada a modo de predador. Cerca de ella, estaba la mesa de fulbito a la cual Renato y yo ya la habíamos hecho nuestra, prohibiéndole a los adultos acercársele.
Me encontraba mirando todo eso a mi disposición, cuando escuche la voz de Pamela quien le decía a su padre que no le pasase llamadas ya que iba a tomar un duchazo. En ese momento se terminó toda una etapa de mi vida. De repente, sentí que bajaba mi temperatura, los latidos de mi corazón retumbaban en el eco de la sala, un miedo nacido en la boca del estomago me invadió y sin razón alguna me escondí cuando escuché los pasos de Pamela cerca de la sala de juegos. Estando escondido, la imagen de Pamela bañándose me atormentaba como solo lo saben hacer aquellas cosas desconocidas que a uno lo asaltan de improviso. Debajo de la mesa de cartas, asustado y con un temblor estomacal, me dije a mi mismo que Renato no sabría nada de esto. Era toda una vergüenza sentir miedo por una niña. Yo ya tenía en mi expediente el haber sido golpeado por una niña así que no permitiría otra humillación más.
Retomando mi frustrado y solitario juego de billar, no pude mas que ordenar las bolas ya que después del miedo había nacido la curiosidad. En mi cara se empezó a dibujar una sonrisa que iba entre la malicia y la travesura. Pero a la vez se activó esa parte de nuestro cerebro que nos permite cometer los más impúdicos actos con una exactitud de reloj suizo. Yo hasta ahora soy partidario de los crímenes perfectos. Cuando realizo acto alguno sabiendo que está mal, lo hago sin dejar la más mínima huella. Al revisar cosas ajenas, recurro a una memoria fotográfica que normalmente carezco por lo que vuelvo a ordenar la escena de mi crimen tal como estaba. Cuando me estaba prohibido fumar en casa, junto con el Glade y un ventilador eliminaba todo rastro de ese olor a Lucky Strike. Si no me daba la gana de ir a clase tenía a la mano un sinfín de excusas firmadas por mi madre y tres planes de contingencia ante las sospechas del tutor. Me averiguaba la ruta de mis padres ese día y andaba por lugares donde ningún pariente cercano pudiese reconocerme. Y obviamente llevaba ropa, en mi mochila, que casi nunca usaba por lo que me aseguraba el pasar desapercibido ante algún conocido.
Y esa mañana no fue la excepción. Mi cabeza empezó a trabajar a mil. Por mi mente se cruzaron diversos escenarios en los cuales yo era descubierto espiando a la hermana de mi mejor amigo en la ducha. Me imaginaba siendo interceptado en pleno trayecto al baño del segundo piso y luego de un intenso interrogatorio por parte de Roberto terminaba confesando mis lascivas intenciones. O tal vez, era descubierto por Pamela quien no solo me golpeaba con lo que encontraba sino que me acusaba con nuestros padres y la policía. Obviamente mi idea de cárcel en esa edad era la de un grupo de negros con trajes a rayas y picando piedras. Llegué incluso a imaginar el mismísimo castigo de los cielos. Podría ser que, en el preciso momento en que yo espiara dentro del cuarto de baño, empezara casualmente el apocalipsis. Yo, que hasta ese momento era uno de los niños mas bondadosos que conocía, terminaría fundido en el mármol del infierno, como solían decir los jesuitas que me educaron, por un minúsculo pecado carnoso.
Debido a tan paranoica imaginación, lograba yo elaborar los más sincronizados y patéticos planes. Mi plan de acción consistía en tener el cuarto de Renato como base y coartada. Ya que si escuchaba acercarse a alguien correría inmediatamente a él. Para no levantar sospechas, dejé el play station prendido y con un juego en pausa. Para no ser descubierto por Pamela, cogí el avión a control remoto de Renato y pensé en decirle que se me había salido de control cuando ella me vea colgado de la ventana de baño. Obviamente le diría primero que no sabía que ella estaba ahí. Y ante el castigo divino, pensaba arrepentirme ni bien escuchara las cornetas.
Luego de dejar encendido el play station y con avión en mano, me acerque al cuarto de baño. Sin zapatos y sin vergüenza alguna caminé despacio hasta la puerta la cual estaba sin seguro para mi sorpresa. Con precisión de amigo de lo ajeno, giré la perilla y abrí lentamente la puerta hasta permitirme un espacio suficiente para mis pequeños ojos. El sonido del agua y el vapor encerrado entre las cortinas de baño tuvieron en mi efecto similar al de un café con red bull. En esa misma habitación se encontraba una mujer totalmente desnuda cosa que yo nunca había visto en mi vida. ¡Una mujer sin ropa! ¡Una chica calata! Estaba a un paso de dejar la niñez y yo tenía conciencia de ello.
Sin darme cuenta, respiraba muy rápido y sudaba en frio. A través de la cortina podía divisar una silueta muy femenina la cual se pasaba las manos enjabonadas por su cuerpo. Pamela gimió de satisfacción por lo fresca del agua. Súbitamente, las ganas de huir me invadieron, pero algo en mi insistía en que yo siguiese espiando tras ese pequeño y bendito espacio entreabierto de la puerta. Cuando mi temor estaba por vencer, la ducha cesó su discurrir. La primera mujer desnuda que veía en mi vida apareció ante mis ojos. Mi mirada infantil se enfocó en lo frondoso de su vello púbico. Demás estaba para mí lo redondo que eran sus senos, lo bien formada que estaban sus caderas, las pecas de sus pechos o esas piernas que se perfilaban como una de las mejores de su colegio. Lo importante era ver que tenían las mujeres en vez de pene. Mientras salía de mi letargo, recordé que era yo quien estaba espiando y levante la mirada hacia su cara para saber si me había visto. Una bella sonrisa me observaba. Pamela estaba con los ojos cerrados secándose el cabello pero sonreía como si aprobase el hecho de que un mocoso como yo la mirara a escondidas. Fue demasiado para mí. Con una alegría incontenible que se atoraba en mi garganta, corrí hacia el cuarto de Renato y cerré con seguro la puerta.
La selva negra, pensé. No recuerdo si sólo lo pensé o llegue a decirlo e incluso tal vez gritarlo. De lo que estoy seguro es que tenía la idea de una selva negra en mi mente. Espere sentado contra la pared con el pulso acelerado hasta escuchar el sonido de la puerta del cuarto de Pamela cerrarse para bajar inmediatamente al salón de juegos. Aun nervioso y contento por mi experiencia, supongo que cuando vienes de un colegio católico y tienes diez años eso sería lo más cercano al sexo, paseé por el cuarto de juegos sin saber que hacer. Al escuchar unos pasos acercarse, me abalancé sobre la mesa de billar y pretendí estar en medio de una larga partida.
- Es muy gracioso verte con medio cuerpo dentro de la mesa. Era Pamela en un polo corto con un short viejo y el cabello mojado. Creo que respondí un balbuceo seguido de un sonrojo en mis mejillas, no recuerdo. Me pidió que la dejase jugar también pero que le de chance por que ella nunca había jugado. Mientras se reía de esto último, empezó a temblarme el vientre. Le dije que sí. Nunca había estado en una situación así. Las chicas mayores a lo mucho se fijaban en mí para que sirva de intermediario entre ellas y un primo a quien recuerdo siempre rodeado de mujeres hermosas. Sin más, procedí a convertirme en una persona monosilábica. Prendió la radio y sintonizó Oxigeno. Los Beatles empezaban a cantar Hey Jude y yo me empecé a sentir todo un playboy juvenil. Un playboy monosilábico. Me dijo que le encantaban los Beatles pero no tanto como Nirvana. Un “ajá” muy monosilábico fue mi respuesta a todos sus comentarios. Los Beatles estaban por llegar a la orgásmica parte coral de la canción y yo me encontraba en un tiro muy difícil. La sexy voz de Pamela me dijo que me ayudaría con eso. Solté otro “ajá”. Casi abrazándome por detrás, cogió mis manos para guiarme y de repente. . . to make it better better better better better better ooohhhh!!!!! Yeah! Yeah! Yeah! Na na na nana nanana na na na Hey Jude. . . los pechos de Pamela se oprimieron contra mi espalda y para mí fue la tan desconocida pero ansiada gloria absoluta.
Nuevamente, la sexy voz de Pame, ya me sentía con la suficiente confianza como para decirle Pame, Pam, Pamelita o como me de la gana, me perturbaba. Con esa voz delicadamente ronca me preguntó por qué me había puesto nervioso. Me armé de valor y le dije desafiante que yo no estaba nervioso. Volvió a reírse. Luego, empezó un diálogo que recordare por años.
- Nunca me has respondido ¿Eres un galán en tu colegio?
- No lo sé.
- Yo creo que sí. ¿Tienes enamorada?
- Sí. Le mentí por que no quería que me viera como un niño.
- ¿Y se besan?
- No. Sólo nos besamos en las mejillas. Dudé al responderle.
- Te voy a enseñar besar para que tu le enseñes a tu enamorada ¿OK? No espero a que yo respondiera. Me besó de improviso. Mientras me besaba, yo me encontraba con la mente en blanco. No se cuento duro el beso. De repente, paró. Nos miramos. Yo con cara de chibolo huevón y ella con una sonrisa de niña mala. Esta vez, fui yo quien la besó. Me sentí con el control de la situación. Pero, una duda vital me invadió: ¿Debía o no cerrar los ojos al besarla? Todo mi sentimiento de amo y señor del momento se diluyó. Vi que ella estaba con los ojos cerrados así que cerré los míos. Cuando volvía a tomar las riendas tropecé con otra duda. Era posible que los playboys juveniles no cierren los ojos al momento de besar, como las chicas. Me carcomía esa duda cuando sonó el teléfono de la otra sala.
- Ya vengo, galán, no te vayas.
Ella se fue y me dejó más huevón de lo que ya era. No entendí cómo había llegado hasta ahí. Pero no había perdido del todo la inocencia. Mientras ella contestaba el teléfono, yo iba meditando la necesidad de ser el enamorado de Pamela. Ya nos habíamos besado y nos caíamos bien así que para mí era evidente lo que vendría. Me puse a pensar en como iban a tomar la noticia nuestros padres. Suponía que en primer lugar les iba a afectar pero ya lo superarían. Y como un baldazo apareció a imagen de Renato en mi mente. Qué le diría a mi mejor amigo. Cómo sería ahora mi relación con él. Ya estaba dialogando mentalmente con Renato cuando Pamela me dijo que había llamado su mama diciendo que demorarían una hora más. Con una mirada coqueta, me dijo que estaría un rato en la piscina y si es que no quería acompañarla. Ipso facto dije que, o tal vez grité, que sí. Y fui donde mi padre a pedirle mi bañador.
Al llegar a la sala principal, en el aire se respiraba un olor que me parecía gracioso y mi padre en medio del humo de sus cigarrillos me señaló entre risas el lugar donde estaba mi mochila de caballeros del zodiaco. Me cambié en el cuarto de Renato y baje rápidamente. El sol de mediodía no hacía mas que calentar el cariño que estaba naciendo en mí por Pamela. Y Pamela no hacía mas que verse de la puta madre en su bikini celeste. Cuando entre al agua me puse nervioso al pensar de qué hablaríamos o en todo caso si es que nos besaríamos tan cerca de donde estaban nuestros padres. La sala principal miraba de frente al jardín y a la piscina gracias a una enorme ventana corrediza por lo que yo podía ver a nuestros padres fumar, beber y reír de lo más tranquilos. El nerviosismo desapareció de un gran salpicón de agua que me lanzo Pame al que yo respondí dando inicio a ese juego tan infantil.
Estábamos jugando a las chapadas bajo el agua, cuando acerco su cara a la mía y me besó. Con los ojos abiertos de par en par salí a flote y mire hacia la sala pensando en que ya habíamos sido descubiertos.
- ¿Tu crees que siempre están mirando para acá?
- No lo sé pero pueden habernos visto. Le respondí asustado pero a la vez molesto. No iba a dejar de ser un criminal perfecto por culpa de una chica aun así sea Pamela.
- No nos pueden ver. Están en otra. ¿Crees que están fumando tabaco? Eres todavía un niño. Esto, sumado con su risa, me puso furioso. Di por terminado un noviazgo que ni siquiera empezaba y que tampoco me importaba mucho. Ya estaba odiándola por siempre y para siempre cuando, con la más pícara de su miradas, me dijo que no me lo tomara a pecho y que haría algo que me iba a gustar. Aún algo rencoroso pero con cierta curiosidad, vi como ella se sumergió en el agua y se me acercó. Me bajó el bañador a lo que yo no respondí sino hasta que se llevo mi miembro a su boca que fue cuando quise detenerla. Pero la acumulación de sensaciones me dejo pasmado. El dolor en la boca del estomago fue el preludio de sensaciones desconocidas pero agradables. Cuando ella se dio cuenta de lo bien que la estaba pasando, paró y con una sonrisa en la cara me pregunto si me había gustado. Sin esperar respuesta, se alejo de una zambullida. El resto de la hora nos la pasamos jugando y besándonos en la piscina. Hasta ya me había olvidado que había venido para jugar con Renato.
Es raro ver como en tan poco tiempo atravesamos etapas de nuestras vidas. Yo no me refiero a como un hecho inesperado nos da un giro de 180 sino a decisiones que tomamos conscientemente y que nos llevan de una etapa a otra. Yo pude decirle no a Pamela desde un principio por lo que mi niñez no sufriría una muerte fulminante sino paulatina. Pero me dejé y la dejé ser. Sabía que nada volvería a ser igual por más que lo intentase. Estaba dejando atrás la inocencia y el pudor mientras una mujer jugaba conmigo entre las aguas de una piscina.
Cuando regreso Renato, lo trate como si regresara alguien que se colaba a una fiesta. Me incomodaba portarme tan niño o en todo caso tan niño estúpido. ¿Jugar a los power rangers? ¿Caballeros del zodiaco? ¿Alianza versus Cristal? Yo preferiría estar agarrando con tu hermana. Bajo la excusa de ir a cada rato al baño, trataba de cruzarme con ella para continuar el exterminio de niñez; pero, sólo encontraba un corredor vacío y nada que me diga que lo que paso con Pamela realmente haya ocurrido.
Cuando mi padre me llamó para regresar a casa, una mezcla de alivio, por dejar a Renato, y de tristeza, por lo labios de Pamela, me invadieron haciendo de mi despedida una de aquellas en que se le dice adiós a algo asumido por compromiso que le haz agarrado cierto cariño. Pero no duró mucho. Al despedirme de ella, sentí la complicidad de un pedazo de sus labios, en nuestra despedida, como respuesta a aquella prueba que pedía en la soledad de un corredor vacío. Mientras regresaba con mi padre, me repetía a mi mismo que me iba a casar contigo, Pamela. Ella me continuó visitando durante el año escolar so pretexto de usar la nueva impresora que mi padre compró. Seguimos con nuestros juegos sexuales y poco a poco dejé de ver a Renato. Fue mejor así porque mientras escribo estas líneas lo recuerdo como el mejor amigo de mi niñez y no como el estorbo de mi vida adolescente en que pudo convertirse.